
Ya hace tanto tiempo que nací auditivamente que tengo que hacer memoria para acordarme que hubo un tiempo que no oía prácticamente nada ni con los audífonos más potentes que había en el mercado.
Una de las cosas que más me impactó cuando me conectaron el implante fue mi propia voz y me costó reconocerla.
Una vez abiertos los canales del implante cada vez que hablaba oía un ruido que yo decía que era extraño, por eso pedía que se callasen todos incluso yo y volvía el "silencio". Cuando decía que ahora no oía el ruido, volvía a oírlo... Pasó un tiempo hasta que se dieron cuenta que el sonido ese raro que oía era cuando yo hablaba... "Ese sonido es tú voz" me dijeron y yo me quedé desconcertada y sorprendida y pasó un tiempo hasta que me hice a oír todo el tiempo mi propia voz y a modularla.
El primer día de la activación del implante coclear, aún estando muy bajo, yo oía "demasiado". Todos los ruidos me llamaban la atención porque nunca pensé que la vida estuviese tan llena de ruidos diferentes.
Llegamos a casa con una mezcla de emoción (mis padres estaban felices) y temor.
El siguiente gran "susto" fue en el baño cuando abrí el grifo y oí correr el agua. No me podía imaginar que eso pudiese sonar. Toda mi vida el agua había sido silenciosa y ahora hacía un ruido tremendo... y la cisterna del baño (no me extraña que algunos niños le tengan miedo). De repente había aterrizado en un mundo de locos.
Después de descansar un rato de "tanto oír" por la noche al volver a ponerme el procesador y salir del silencio de nuevo, mi madre echó unas patatas en aceite hirviendo y a mi se me salieron los ojos de las órbitas... "las patatas hablaban" cuando las echaban al aceite. Mi madre me explicó que era un ruido más... uno de los millones de ruidos que había...
Yo pensaba que la gente que oía bien sólo oía hablar, la música y ruidos fuertes como las puertas, los pitos de los coches y los ruidos de los animales. A mi, nadie me había contado que el agua del grifo sonaba (si sabía que el mar hacía ruido aunque nunca lo había oído), el aceite friendo, la caldera, los pasos, las teclas del teclado del ordenador cuando las presionas... y millones de cosas que suenan y yo no lo sabía.
Por la noche, al acostarme, después del día más duro de mi vida no pude dormir ni parar de llorar porque pensaba que nunca me acostumbraría a todos los sonidos que me rodeaban.
Hoy, más de 17 años después de ese día no puedo vivir en silencio. Necesito que el agua suene, que el aceite fría con sonido, escuchar la radio mientras voy en el coche, hablar por teléfono con mi familia y amigos... Necesito oír.
(Foto del primer procesador que llevé, "de petaca")